La proliferación y desarrollo de grandes urbes en el curso del siglo XX era un hecho previsible a la vista del carácter gregario de la especie humana y su gusto por crear núcleos de población cada vez mayores, conscientes de que la prosperidad y el progreso estaban directamente relacionados con ese afán de replicar los vínculos familiares en los de vecindad hasta crear esas metrópolis en la que todos los individuos que la forman terminan por estar interrelacionados, de forma más o menos visibles, y tener conciencia de ello convirtiendo a las ciudades en verdaderas réplicas de la multicelular anatomía humana.
Ese gusto por las grandes aglomeraciones urbanas -ya sean costeras por su carácter comercial o de interior por razones políticas y de defensa- y las relaciones entre ellas, ha provocado la proliferación de puertos en los cinco continentes y todo un abanico de posibilidades de creación artística en torno a ellas: Las ciudades y sus puertos -ya sea como referentes reales o metafóricamente- adquieren un creciente protagonismo en el desarrollo de las distintas artes, en paralelo con el empuje de las civilizaciones que han ido imponiendo y diversificando su creciente poder de seducción.
De esa manera, la presencia de mares, océanos y ciudades en el arte a través de los puertos que les sirven de conexión ha pasado de ser un mero elemento escenográfico, formando parte del paisaje de fondo, a tener una presencia capital en las obras de muchos pintores, fotógrafos y poetas españoles de las últimas décadas, que han incorporado a su iconografía las ciudad y sus puertos en todas sus variantes, desde lo sublime a lo suburbial, porque “la gran ciudad es el habitat natural del hombre moderno” según aventuró el poeta Jaime Gil de Biedma.
FUNDAMENTOS DEL PROYECTO
En las primeras décadas del siglo XX, cuando la fotografía definió sus señas de identidad de la mano de los grandes maestros, la poesía y la pintura ya tenían el sublime pedigrí que otorga lo clásico, tras varias centurias de reinado en las cortes de más rancio abolengo de Europa, y en España, por su parte, el magisterio ejercido por los poetas y pintores del Siglo de Oro había llenado de referentes el firmamento poético y plástico para las generaciones posteriores.
Justo en diciembre de 1927, un grupo de jóvenes poetas –bajo el reconocido magisterio de Juan Ramón Jiménez– rinde homenaje a D. Luis de Góngora en el Ateneo sevillano con motivo del tercer centenario de la muerte del poeta cordobés mientras el cine y la fotografía se convertían en campo abonado de experimentación para los creadores emergentes –algunos como Rafael Alberti y Federico García Lorca –y el propio maestro, JRJ- también ejercían como pintores-, surgieron afinidades formales y estéticas entre los artistas de una y otra disciplina, y se tendieron puentes de entendimiento entre las imágenes fotográficas y pictóricas suspendidas en el tiempo y esas otras nociones del tiempo que se condensan en las imágenes de inspirados poemas para terminar definiendo la memoria sensitiva de toda una época.
Hay, por tanto, una tradición de confluencias y maridajes entre imágenes y palabras a lo largo de décadas –más o menos manifiesta dependiendo de la época– que invita a pensar que la poesía, la pintura y la fotografía están permanentemente conectadas a modo de vasos comunicantes, aunque esos canales y sus delicados fluidos no siempre sean manifiestos ni estén claramente a la vista, sino que a veces se cobijan bajo el misterio que atesoran esos mismos materiales, altamente sensibles, a fin de preservar lo mejor de su esencia, aunque finalmente requieran aflorar para que se manifieste todo ese caudal que tienen en común el halo perenne de algunas imágenes, ya sean pictóricas y fotográficas, y la propia fugacidad del sentimiento lírico que se condensa en los poemas más inspirados.















